De las montañas, los volcanes y la vida…I

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Muchos años hace que no subo una montaña, pero las llevo dentro. !Decir montaña es decir en masculino, volcán!  Subir es no solo un reto físico sino también un logro intelectual y principalmente una conquista emocional y espiritual.

Muchas cosas ocurren mientras empiezas el viaje: desde la planificar, reconocer la ruta, ponerse de acuerdo, armar la mochila, hasta cuando regresas, agotado y feliz, al final de la jornada.  En medio hay muchas historias.

Siempre pensé que subir la montaña es un buena metáfora del caminar por la vida.

Acabo de leer una historia hermosa de Tere Acosta, poetisa, escritora, “montañista”.  Es una historia de esas escuchadas cuando ponemos atención y luego inscrita en el mapa de viaje.  Los dejo con la historia de Tere pero quiero hablar de último de lo primero: uno de los caminos del mundo más complejos y misteriosos.  En vocabulario montañista sería un ED en la clasificación Vías Ferrata o en una escala libre: Nivel IV+: El AUTISMO, “la enfermedad del miedo y el silencio”.

Hace días se me ocurrió plantear una pregunta en un grupo especializado: ¿será posible que un niño con autismo “puro”, sin comorbilidades (condiciones asociadas al autismo), bien estimulado, con un ambiente social “ideal”, pueda desarrollar un alto nivel de funcionalidad emocional, social y cognitiva? Las respuestas fueron diversas,  pero en el mismo tono: depende.

Y como nadie puede decir quién, cuándo,  cómo, con qué y con quien, debemos darles A TODOS la misma oportunidad.

Las fotos que acompañan esta entrada son precisamente como el AUTISMO: diversas. Como las montañas: ninguna es igual a otra. Cada quien la vive según sus recursos.

Cualquier montañista de este lado del mundo conoce el POPOCATÉPETL, en Puebla, México.

Aquí les dejo a Tere con su historia.

 

El Silencio del Popocatépetl.

Crecí entre los tonos azules de Talavera, los aromas de dulces mezclados con el perfume a nardos y gardenias que cultivaba mi abuela Leo, en un bello pueblo, a las faldas del volcán Popocatépetl. Mi familia orgullosamente poseía la receta ancestral de los Chiles en Nogada, rellenos de frutas cultivadas en nuestra tierra: peras, manzanas, granadas y por supuesto la nuez de nogal.

Me contó mi abuela, al son de sus cantos mientras cocinaba y mezclaba los ingredientes, molía las semillas y los chiles en el enorme metate de piedra que más tarde vendería en el mercado de Cholula entre los turistas, que nací con la enfermedad del silencio y del miedo. Desde recién nacida nada me consolaba, ni los arrullos de mamá, ni los cantos de la abuela. Los médicos del pueblo nunca habían conocido a una niña que llorara tan fuerte como yo, y se golpeara en la cabeza sin razón. Pensaron que era retrasada porque no aprendía como otras niñas, ni me interesaba jugar o sonreír. Pasaba horas meciéndome en el viejo sillón del abuelo, como hipnotizada viendo al volcán, tal vez admirando los diferentes colores del cielo, según la hora y la estación del año. Cualquier cambio en la rutina de comida, o de alguien extraño de visita me alteraba y provocaba un llanto espantoso que se podía escuchar aún a varias cuadras de nuestra vivienda.

Muchos años de mi vida transcurrieron en la cocina, enredada en el rebozo de la abuela Leo, absolutamente impregnado en los olores de cacahuate de sus dulces y la vainilla de su tierra natal, Papantla. Preparaba los tradicionales macarrones, pepitoria, alegrías, palanquetas, camotes y muéganos, decía que al juntar los ingredientes era como si la familia se abrazara y permaneciera unida por siempre. Era una completa coherencia entre sus su acción de cocinar las recetas heredadas por generaciones, sus palabras y el deseo de toda la familia de abrazarme. Imposible para mí, tolerar el contacto de mis seres queridos en aquellos días de la infancia.
La curandera del lugar fue a verme, a ver si con hierbas podía lograr ahuyentarme el miedo, interesarme en algo, o en alguien y sobretodo hacerme hablar. Todo fue en vano, ni los tés, ni las barridas con huevo rojo, creencias ancestrales y cánticos rituales lograron un cambio en mí.
Mi madre y mi abuela me llevaron a otro pueblo, arriba de la sierra con otra curandera, más vieja y sabia, esperanzadas a que aliviara mis males. Después de observarme por varios minutos y tocar mi cabeza por todos lados con suavidad, diagnosticó que había nacido con la enfermedad del silencio y del miedo probablemente heredados de algún ancestro que guardó secretos de vivencias que le provocaron miedo, ira o falta de amor. Era muy difícil que se me quitara el miedo a la vida, y por tanto no aprendería a hablar nunca, viviría en el más absoluto silencio. Lo único que tal vez podría ayudar era encontrar el secreto, perdonar los males y transformarlos en verdadero amor hacia los demás. Bajamos la sierra sintiendo el frío del atardecer. Las lágrimas de mi madre y mi abuela se confundían con las gotas de la lluvia. ¿Sabrían ellas el secreto?

Mis recuerdos de esos tiempos son difusos. A pesar de estar absorta en mi misma, sin interesarme en los demás, si podía entender bastante lo que mi familia hablaba. Me concentraba en lo que veía, lo que sentía, lo que olía, los sonidos cotidianos, cualquier percepción diferente me causaba un miedo terrible que me provocaba gritar, llorar, golpearme .No podía hablar. No soportaba el contacto físico de mi familia. De esa manera expresaba mis temores a lo diferente, a lo que no comprendía.

Un día la vida cambió por completo. Era como el despertar de un estadío de coma, donde me era posible ver y escuchar, pero no podía decir y hacer. Me sentía perdida en un lugar desconocido, donde no hablaban mi idioma. Lo vi triste, solo, enroscado, como deseando pasar desapercibido, amarrado con una cadena, inmóvil y recibiendo las gotas de humedad que resbalaban del techo .Lo que aumentaba aún más su sufrimiento. Lo vi, y me vi a mi misma. Su soledad, su imposibilidad de expresar su sentir. Aún con miedo lo toqué, y sentí su mirada sobre mí. Lo abracé, se dejó abrazar .Su pelo era tan suave, tan cálido, lo toqué y él lo permitió. Disfrutaba por primera vez la sensación de abrazar y ser abrazada por otro ser vivo.Sentí lágrimas rodando sobre mis mejillas.
Mi tía lo había recogido, no le gustaban los perros. Hubieron de pasar cinco visitas a la casa de mi tía, antes de que mis padres se percatarán de que me escapaba a estar con Nerón cada vez que íbamos de visita. Al oírlos decir que lo iban a regalar, por primera vez en toda mi vida sentí la necesidad de hablar… de gritar…”No”..hablé, grité, HABLÉ.
Mi madre se dio cuenta de la necesidad de tener a Nerón cerca de mí, la vi llorar. Iniciamos una nueva vida, tenía en esos días seis años ya. Papá no lo quería, pero él se lo ganó, entendió que el perro era necesario para mi integración al mundo.
Aprendí a saltar la cuerda, a jugar con mis hermanos, a ser sociable. Dormíamos juntos en la cocina, entre los aromas a dulces de mi abuela, que seguía instruyéndome en sus artes culinarias y sus consejos de vida, herencia de sus bisabuelas y tatarabuelas, usando muchos refranes, para darme muchas palabras y ponerme a pensar, sentía que así me preparaba para la vida. Nerón era mi compañero dentro y fuera de casa, en la calle, en la escuela. Era mi traductor en mi viaje a ese país antes extranjero. Recuerdo mi niñez a partir de Nerón con alegría, sin miedo a los cambios, porque sabía que él estaba conmigo.
Años después, cuando Nerón murió, mi familia pensaba que tendría un retroceso. No ocurrió así; había aprendido a amar la vida, a amar a mi familia y todo lo que me rodeaba. Lo enterramos en el patio, a la sombra de un naranjo, entre los nardos y las gardenias, que con tanto amor cultivaba mi abuela, junto a todos los árboles frutales, la materia prima de los Chiles en Nogada, como deseando que en su viaje al más allá, percibiera los aromas con los que vivió.
Ahora soy parlanchina, quiero recompensar a mi mami y a mi abue por los días en los que no hablé. Las abrazo por los días que no hice, siendo una niña, siguiendo sus consejos de permanecer unidas física y espiritualmente, como sus dulces de cacahuate. Conservo y cocino la receta tradicional de los Chiles en Nogada y los dulces mexicanos como una forma amorosa de honrar a mis ancestros, de perpetuar el amor a la familia y a las tradiciones.
Sólo sé que mi enfermedad del silencio y el miedo desaparecieron, con el amor de mi familia, por la sabiduría y la intuición de las mujeres que a través de su crianza, me transmitieron todo el amor del que fueron capaces, creyendo en mi mejoría y nunca se dieron por vencidos ante mis conductas evasivas hacia el mundo.
Cuando deseo recordar a Nerón, lo buscó en el cielo azul talavera, encuentro su silueta dibujada en las nubes, y en las noches sueño que juega feliz, veo sus ojos brillar como estrellas, aún entre la niebla del volcán. Dicen que a veces se escucha el eco de risas de niños jugando .Ya no hay silencio en el Popocatépetl.


* El silencio del Popocatépetl es una historia real de una niña que nació con autismo y se recuperó con el amor y el apoyo de su familia, que la ayudaron siempre a conectarse al mundo y la compañía y gratitud de su perro Nerón. Hoy Templelina se desempeña profesionalmente como maestra de Matemáticas. Algunos detalles han sido cambiados para proteger la identidad del personaje.

 

 

 

 

4 comentarios sobre “De las montañas, los volcanes y la vida…I

  1. Subir una montaña es un reto físico, es un reto mental, pero sobre todo un reto espiritual. Quien se inventó las montañas… se inventó a los escaladores y les puso en el espíritu el deseo, la fuerza y las ganas de retarse. Cada quién sube su montaña, sea la que sea… volcán, pico o vida. Como tú lo dices en este relato que nuestra amiga en común Tere Acosta nos describe desde la bellísima y retadora montaña del autismo. Gracias por las imágenes, gracias por tenerlo en cuenta.

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  2. ¡Me encantó el relato! la analogía entre la vida y la montaña es evidente, se sube y se baja todo el constantemente, y una vez llegado a los puntos altos vemos mejores perspectiva de la vida, y nos prepara para las siguientes bajadas.

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