De la montaña, los volcanes y la vida II: Sobre caminar en la montaña *

Zunil por Alaska 1991 001

(Foto: Antiguo camino al Volcán Santo Tomás, Xelajuj, Guatemala. Compañeros en la montaña, amigos para siempre. Cadejo)

Voy subiendo una montaña particularmente difícil aunque no escalando. No es el Everest ni el K2 tan llenas de contaminación, egos y basura. Es una montaña amable, senderista, no por ello fácil; tiene sus exigencias. Hacia arriba.

Me voy sintiendo cansado, a veces aburrido. Frustrado. Me pongo enfermo. El potasio baja por el esfuerzo y aparecen calambres e Itzamná, el padre sol, haciendo su trabajo, me produce dolor de cabeza y la Qanan Ulew, la Pachamama, la Madre Tierra, absorbe mis energías vitales. Porque no me cuido y tengo que parar un momento. Me salgo del sendero marcado y me siento en una piedra enorme, volcánica, áspera, incómoda.

A lo lejos veo venir un caminante y decido esperarlo. Aparece en el horizonte solo su silueta pero por algo me llama la atención. Con el sol detrás, aparece con una cabellera agitada por el viento.  Se acerca.

Nos saludamos como lo que somos, compañeros de camino, montañeros. Caminantes.

Se sienta a mi lado y empezamos a platicar como si fuera solo la continuación de una conversación reiniciada.

Y seguimos caminando. Observando (nos). Contándonos cosas de nuestros caminos.  Empiezan a aparecer reflejos, luminosidades, destellos, brillos reconocibles por liminales.  Pero también fantasmas, esqueletos, oscuridades. Reconocimientos, re-conocimientos.

Hemos compartido, sin saberlo, los mismos caminos, los mismos cansancios pero diferentes. Las historias son las mismas con con letras diferentes. Llevamos en las mochilas diferentes alimentos, distintos envases, variados implementos. Pero también basuras agobiantes. Las mismas pero distintas. También cuentos, anécdotas de camino, noches de campamento compartidas con otros caminantes a veces inoportunos, a veces imprudentes, indeseables, a veces obligatorios. Ixchel, la madre luna, ha alumbrado noches solitarias a la par del fuego del campamento y a veces fuegos temporales que se apagan al amanecer cuando cada quién sigue sus caminos.

Empezamos a compartir también campamentos, fuegos, refugios e intimidades.

Y seguimos caminando. Hasta donde y hasta cuándo, solo la montaña lo sabe. Nosotros seguimos, sintiendo que no estamos solos en el camino. Que hay caminantes con anhelos y ganas similares y que, quizás, hemos subido las mismas montañas antes por caminos distintos, sin encontrarnos. Pero hoy, ahora, nuestros caminos se han cruzado y decidimos, intuitivamente, acompañarnos.

Así son los senderos de K´ichelaj,  la montaña. Así son los caminos en Ruwach Ulew, el mundo. Así es el montañismo cuando lo que importa no es la meta sino el camino. Cuando las cartografías y el mapa, no son el territorio.

*Los nombres propios en idioma Maya quizás estén fuera de contexto.  Algunos son en Maya K´iché. Algunas están probablemente mal escritas. Sepan perdonar las inexactitudes; lo hago con profundo respeto.

Maltyox Chawé, Ajaw.

 

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