La sombrilla

la sombrilla

-Que no se te olvide la sombrilla! –gritó mamá desde la cocina

-Ayy madre pero si el sol está que quema!

Andrea, con una noche más de desvelo,  salió con Agustín casi remolcado, corriendo y angustiada pues le quedaban pocos minutos para llegar a la parada del bus escolar.

Agustín, con cara de enojo y casi casi ya dispuesto para una rabieta de las suyas se dejó arrastrar hacia la marea humana de la calle.

Tres cuadras más arriba de la parada del moderno sistema de transporte popular, recién inaugurado por el alcalde de turno con toda la ceremonia del caso, no contaba aún con facilidades para el tumulto de gente que se arremolinaba en la pequeña estación.  Policías municipales intentaban sin mucho éxito ordenar a la gente que iba llegando. Cinco treinta de la mañana, 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe.

Agustín y Andrea corren por la banqueta atestada de vendedores y feligreses que caminaban por el medio de la calle como corrientes acuíferas alborotadas; alfaque le dicen en las playas del pacífico, Xocomil en Atitlán el  “lago más hermoso del mundo”..

Agustín, agobiado por la invasión inmisericorde de estímulos de toda clase, empieza a perder el control y se resiste a caminar detrás de su madre.  Forcejea, se retuerce, y sus estereotipias se acentúan a cada momento.  Andrea, previendo el estallido, se apresura y empuja a las personas a su paso para avanzar más rápido.

El policía que observa la escena desde más adelante se aproxima sin quitar la vista de Agustín que a todas luces (sus luces) parece una amenaza a la seguridad pública. Antes de que los intercepte, un joven tatuado se adelanta y agarra la sombrilla que Andrea blande como un alfanje piratezco en un abordaje.  Andrea se asusta y forcejea con el tatuado.

Germán-el-tatuado-alias-El-Formón, con sus manos llenas de restos de pegamento y curtidas de mugre, hace contacto visual con Agustín que está a punto de reventar.   Si alguien tuviera unas gafas de esas que permiten ver el aura de las personas,  verían un fenómeno interesante: los colores rojo y negro de ambas auras se funden una y otra por medio del paraguas y las manos de Andrea. Al instante los colores se transforman en amarillos y naranjas; esto lleva apenas unos segundos, décimas de segundo quizás.

Agustín se queda parado en medio de la marea humana y en la cara de Germán El Formón, aparece una media sonrisa, afloja la presión en la punta de la sombrilla y sus ojos se enganchan en los asustados de Andrea. Un mensaje instantáneo parece fluir entre los tres.

Germán da la vuelta, toma el paraguas de la punta con todas sus fuerzas y empieza a avanzar entre la multitud arrastrando detrás a Andrea, a Agustín y a la sombrilla. La multitud se aparta como si vieran  venir a un toro bravo de esos que dicen que sueltan en Pamplona.  La escena, vista desde el balcón podía asemejarse perfectamente a la escena mítica de Moisés apartando las aguas del Mar Rojo.  En cosa de segundos Andrea y Agustín llegan a la parada del bus remolcados por El Formón.

El niño no tan niño, jadeante, se planta frente a la puerta del vehículo, y antes de subir voltea a ver a su salvador.  De nuevo el contacto visual y de nuevo las chispas y colores que se mezclan.  Germán le hace una seña con la mano y Agustín la imita sonriendo.

Andrea, que observa desconcertada la escena, suelta la sombrilla que al instante desaparece entre la multitud.

Un momento afortunado en medio de la aventura diaria de una madre sola con un niño con TEA.  Un pequeño milagro.


Nota informativa: En el autismo la sobrecarga sensorial es una característica importante.  La capacidad de los niños para procesar estímulos del medio ambiente está desestructurada. Los trastornos de integración sensorial inciden de manera importante en la vida cotidiana de los niños y sus familias, especialmente de las madres y cuidadores.

«Los cuatro niveles de integración sensorial deben haber alcanzado el grado completo de desarrollo cuando el niño/a inicia la educación primaria»

Jean Ayres

2 comentarios sobre “La sombrilla

  1. La bondad, poco usual, pero hermosa, sobre todo cuando viene al encuentro de quien la necesita y no la recibe frecuentemente
    Un pequeño aliento de esperanza.

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  2. Cuántas sombrillas hemos necesitado, cuántos seres que sin importar si te conocen o no, abren camino, abren paso con un instinto de solidaridad y empatía del que carecen la mayoría de los que hacen parte de la muchedumbre; incluida la policía con esa directiva de control y contención que si no aparecen seres como Germán darían a la historia otro giro indeseado. Ojalá sigan existiendo quienes se comunican a través de aquello que solo transmiten quienes aún no se han dejado contaminar de egoísmo e indiferencia. Gracias por esta historia en un momento donde muchos no encontramos quién nos rescate.

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