La última y primera humanidad

Olaf Stapledon (1886-1950). Filósofo y escritor de fantasía y ciencia ficción. Se le considera como uno de los padres fundadores del género. En 1930 escribió lo que se considera, junto con Hacedor de Estrellas, una de las obras fundacionales de la Ciencia Ficción que tendría una gran influencia en otros autores como Arthur C. Clarke (El Fin de la Infancia), Brian Aldys y muchos otros y que plantea, en un solo libro, prácticamente todos los temas de las futuras novelas de Ciencia Ficción.

El libro (que no es una novela propiamente dicha) es una narración sobre la historia de la humanidad hecha por el Ultimo Hombre tres mil millones de años en el futuro. Influenciado por H.G. Wells, Stapledon describe la evolución y desarrollo de las humanidades pasadas hasta su extinción. Porque como el mismo Stapledon expresó (antes que Carl Sagan): la humanidad es un parpadeo en la historia del universo, insignificantes, poco más que un accidente.

En 2018 el músico Jóhann Jóhannsson, muerto ese mismo año en circunstancias trágicas, estrenó su visión fílmica y musical del libro de Stapledon. La película es una joya de Ciencia Ficción narrada por Thilda Swinson y con imágenes de las esculturas Spomenik de la Yugoslavia de Tito.

Aquí, un pequeño fragmento de la primera parte del libro que contiene algunas reflexiones y descripciones de la historia de la Primera Humanidad y que a veces parecieran premonitorias tomando en cuenta que las escribió varios años antes de los eventos que narra.

“En el lejano oeste, los Estados Unidos de América se presentaban como los custodios de todo el planeta. Temidos y envidiados universalmente también se los respetaba universalmente por su espíritu emprendedor. Sin embargo por mucho que se les despreciara por su suficiencia, los norteamericanos estaban cambiando rápidamente el carácter de la existencia humana. Por ese entonces los seres humanos usaban los productos norteamericanos en todo el planeta y no había región en donde el capital de estados unidos no brindar apoyo a los obreros locales.

Además la prensa, los discos, la radio, el cine y la televisión de ese país inundaban sin cesar el planeta con su ideología. Año tras año el eco reverberaba con los ecos de los placeres neoyorquinos y el fervor religioso del oeste medio. Lo que maravillaba pues, aún despreciados, Estados Unidos, moldeara de forma irresistible a toda la raza humana. Eso quizás no habría tenido importancia si Norteamérica hubiera podido brindar lo mejor de ella. Pero inevitablemente lo que se propagaba era lo peor. Solamente los rasgos más vulgares de ese pueblo potencialmente tan grande, lograban penetrar en la mente de los extranjeros por medio de los instrumentos tan burdos.

Así las oleadas de veneno que fluían de los miembros más viles de ese pueblo corrompieron de manera irrevocable al mundo entero y con él las partes más nobles de la propia Norteamérica. Pues lo mejor de Estados Unidos era muy débil para resistir lo peor. Sin duda los norteamericanos habían contribuido a ampliar el pensamiento humano.

Ellos habían ayudado a la filosofía a liberarse de los antiguos grilletes. Habían servido a la ciencia mediante la investigación rigurosa y profusa. En astronomía, al contar con costosos instrumentos y una diáfana atmósfera habían contribuido notablemente a revelar la disposición de los astros y las galaxias. En literatura, si bien a menudo se comportaban como bárbaros, también habían concebido nuevas formas de expresión así como estilos de pensamiento no siempre fácilmente apreciados en Europa. También habían creado una arquitectura nueva y magnífica y su genio para la organización funcionaba en una escala difícil de concebir por parte de los demás pueblos, por no hablar de llevarla a la práctica. De hecho sus mejores cerebros encararon antiguos problemas teóricos y axiológicos con una valentía y candor puros de tal modo que las brumas de la superstición eran aventadas donde quiera que esos norteamericanos elegidos se hallaran presentes.

Pero esos seres superiores constituían después de todo una minoría en un yermo vastísimo de porfiados ilusos entre quienes, sorprendentemente, se defendía un dogma religioso anticuado con el intolerante optimismo de la juventud. Pues esta era esencialmente una raza de adolescentes brillantes pero inmaduros. Les faltaba algo que les habría permitido madurar.

Al mirar hacia atrás a través de muchas eras para observar a ese pueblo se puede ver su destino entretejido con su circunstancia y su disposición y se advierte la torva bufonada a la que se entregarían quienes parecían dotados para rejuvenecer el planeta, hasta precipitarse, inevitablemente,  a través de la desolación espiritual en la senilidad y la noche eterna,…inevitablemente…  “

Olaf Stapledon, El Ultimo y Primer Hombre, 1930

Fotografía: Spomenik.. https://vivisxn.com/moma-exhibit-toward-a-concrete-utopia-architecture-in-yugoslavia-aleksandra-dinic-vivisxn-mag-martino-stierli-vladimir-kulic-mind-bending-spomeniks/

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