Iletrismo o saber leer pero no querer

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Oh banana co.
We really love you and we need you
And oh banana co.
We’d really love to believe you
Banana Co, Radiohead
(y… clic aquí para saber por qué)

Según los registros de mi madre en el álbum de fotos rosado (porque mis padres creyeron que iba a ser mujer), yo aprendí a leer y escribir en preparatoria. Uno de los pocos privilegiados. Entre esos privilegiados soy del 0.1 % que lee y escribe por gusto, con placer. Quizás es una predisposición genética acompañada de modelos sociales y desarrollados por otro privilegio, por una educación preescolar inteligente.

Desde hace un año y medio, escribir se ha vuelto popular (entre los privilegiados, pues). Se escriben comentarios en face, correos electrónicos, notas en wasap y en los libros de historia, tal vez, se registre esta era pandémica como el boom de los escritores. Solo el año pasado se publicaron en Guatemala, que yo haya sido testigo, al menos cien libros entre electrónicos y físicos. Según los algoritmos de Google, en 2017 existían 129 864 880 libros publicados sin contar libros electrónicos, blogs, revistas electrónicas, autoediciones, informes de investigación y otros formatos que usan la palabra escrita.

Por otro lado, algo que aparentemente no tiene relación…

Un día de estos apareció un cartelito que enlista los 10 países con más desnutrición crónica en Latinoamérica (y creo que en el mundo). ¿Y adivinen qué? Guatemala tenía, en 2017, un 46.5 % de desnutrición crónica arriba de otros nueve países.

Además, y en correlación con ese dato, en el censo de 2018 aparecía un 18.5 % (dos millones y algo de personas) que no saben leer y escribir. Pero del resto, habría que ver cuántos están dentro del cuadro de analfabetismo funcional que según Unesco es

un analfabeta funcional es aquella persona que «aun sabiendo leer y escribir frases simples no posee las habilidades para desenvolverse personal y profesionalmente».

Por otro lado está el iletrismo o sea el poco o ningún interés por la lectura. En un dato escuchado hace algunos años, no recuerdo dónde, se decía que de las personas alfabetizadas en Guatemala solamente un 0.1 % leían por placer, como una actividad frecuente y sistemática. Pregunten nomás cuántos libros leen sus contactos al mes, al año… incluidos maestros y catedráticos.

Y eso es notorio en las redes sociales en donde no solo abundan las faltas de ortografía, la incapacidad para formular una frase coherente y, peor aún, la incapacidad para emitir opiniones sin sesgos cognitivos o argumentar de manera apropiada sobre casi cualquier tema. La mayoría de comentarios sobre temas trascendentes solamente constan de frases de no más de diez palabras. Y qué decir de los candidatos que, en aras de «simpatizar» con el pueblo, sueltan cualquier ordinariez y chabacanería desde el púlpito politiquero que después les revientan en la cara…

Entre el analfabetismo, el analfabetismo funcional y el iletrismo, ¿qué tiene que ver la desnutrición crónica? ¿Qué estamos celebrando en el bicentenario? ¿De quién es la responsabilidad del estado del Estado? Los privilegiados en este territorio que aún no es país, ¿tenemos algo que decir y qué hacer al respecto? ¿Cuántos iletrados de cartón (algunos falsificados) habrá en «el Gobierno»? ¿Cuántos artículos de gAZeta leemos aparte del nuestro?

Avergüénzate de morir antes de haber
conseguido alguna victoria para la humanidad.
Horace Mann


Yo escribo para mí, porque de lo contrario
los sentimientos se pudren en el caldo de las emociones.
Y para aquellos que no pueden o no quieren.
Rafael De los Angeles Rax Pomchí

Rafa, el escritor (de la serie Historias de viaje)

Encaramado en La Bestia cargando dos mochilas: una con una mudada de ropa y otra con cinco libros, salió Rafa hacia el sueño americano.

En su camino a la frontera perdió tres libros en un asalto y dos de cuentos de Tito Monterroso regalados a unos patojos en el parque de El Carmen.

También, dentro de la segunda mochila llevaba un cuaderno doblado, de puntas ajadas, en donde todas las noches escribía religiosamente unas líneas.

Rafa aprendió a leer y escribir temprano, viendo a sus hermanas afanarse en sus tareas escolares. A los 6 años podía leer fluidamente al nivel de un niño de sexto grado. Aunque solo pudo terminar los básicos, a los 15 años ya leía libros «para grandes», aunque no tenía la edad reglamentaria según las normas del Ministerio de Educación. También era bueno en matemáticas: podía hacer cálculos mentales bastante complejos y tenía una memoria prodigiosa que le facilitó aprender las tablas de operaciones básicas.

Pero lo que le apasionaba de verdad era escribir. Ese misterioso mecanismo de juntar letras, palabras y frases que expresaban lo que observaba, pensaba y sentía, era para Rafa lo máximo.

Llenaba cuadernos enteros, escribía en todas partes y en todo momento: en las paredes, en las servilletas, en el escritorio de la escuela y en el dorso de la mano. Como era muy tímido, una vez incluso se le declaró a una compañera escribiéndole un verso en la mano.

Diez años después de que pasó la frontera, Rafael De los Angeles Rax Pomchí, originario de Todos Santos Cuchumatán, inmigrante y escribiente como él se presentaba siempre, recibía de manos del rey de Suecia el Nobel de Literatura.

Varios años después, frente a la hoguera en donde los iletralistas quemaban sus libros, Rafa siempre recordaría el verso que le escribió a Matilde en la mano. 

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