La o pequeña

(originalmente publicado en gAZeta Gt.)

So remember when you’re feeling
Very small and insecure
How amazingly unlikely is your birth
And pray that there’s intelligent life
Somewhere up in space
‘Cause there’s bugger all down here on Earth
Monty Python

Dos semanas perdidas en el limbo covidiano; una inconsciente por la «gripe» y la otra inconsciente por el «síndrome pos-COVID». De las dos, la más productiva fue la primera…

La segunda fue un poco más aterradora y no tanto por dramática sino por intensa. No fue nada digno de un catálogo DSM, pero sí apachurrante. Afortunadamente, también hay efectos secundarios benéficos: imposibilidad de leer noticias locales y abstinencia de cigarrillo que ya cumple los 15 días, solo por hoy.

Ya les cuento.

Ómicron: ὂμικρόν (Ο ο), es la decimoquinta letra del alfabeto griego, tiene un valor de 70 (ο’) en el sistema de numeración griega y significa literalmente “o pequeña”, en contraposición al de la letra omega.

Pero como ya es costumbre desde hace dos años, muchas cosas se han resignificado, y ahora incluso el Diccionario de la lengua española ha agregado otro significado a tan pequeña letra.

En noviembre, cuando apareció una «variante de preocupación» del virus original, una nueva mutación identificada con el aséptico B.1.1.529, se anunció esta como «leve» y rápidamente los medios se dedicaron a bajarle el tono con entusiasmo, incluso diciendo que es «el principio del fin» de la pandemia. Sin embargo, conforme han ido recogiéndose datos sobre la pequeña o viral, las previsiones y recomendaciones se han ido corrigiendo y ampliando.

Resulta que es leve en cuanto a la manifestación física de la enfermedad, los síntomas y signos son más discretos y menos graves que las de sus predecesoras. No obstante, pareciera que leve y menos grave no significa despreciable o de poca preocupación. En un reciente artículo aparecido en Prensa Libre, se informa sobre la nueva subvariante BA-2 y sus secuelas, bautizada mediáticamente como ómicron sigilosa o invisible. Y así pareciera que el virus inteligentemente se está camuflando y adaptando para no desaparecer, tal y como hacen ciertos personajes de la política local ahora que se acercan las alegres elecciones. Y como los susodichos politicastros, el virus muta y produce efectos más leves, pero a largo plazo más perniciosos tanto física como mentalmente. Lo que me lleva a lo siguiente:

Salud mental y COVID

Junto con las secuelas físicas de cada una de las variantes, también empiezan a identificarse efectos secundarios a nivel psicológico y/o psicosocial que pueden ser tan incapacitantes como los orgánicos, pero que no necesariamente matan al hospedador (porque el virus es así de inteligente: se adapta para sobrevivir). Entre los efectos «secundarios» posteriores a la infección están la confusión mental (una especie de estupor consciente, si me permiten el oxímoron), trastornos en la atención y la memoria, trastornos del sueño, anedonia (incapacidad del cerebro para producir dopamina, dando como resultado un estado de indiferencia relacionado con la depresión y la esquizofrenia). Todo lo anterior y otros sugieren que el virus en todas sus variantes tiene efectos no solamente a nivel somático, sino también neuropsicológico, tal y como lo reportan ya algunos estudios.

A partir de ahí, estimaron la incidencia de 14 resultados neurológicos y psiquiátricos en los seis meses posteriores a un diagnóstico confirmado de Covid-19: hemorragia intracraneal; accidente cerebrovascular isquémico; párkinson; Síndrome de Guillain-Barré; trastornos de nervios, raíces nerviosas y plexos; unión mioneural y enfermedad muscular; encefalitis; demencia; trastornos psicóticos, del estado de ánimo y de ansiedad (agrupados y separados); trastorno por uso de sustancias; e insomnio…

La OMS publicó el informe Preparación y respuesta en materia de salud mental en enero de 2021. Es muy probable que, a un año de distancia, muchas de sus predicciones se han confirmado e incluso ampliado. Según ese informe, antes de la pandemia existían en el mundo alrededor de 1500 millones de personas con trastornos de salud mental entre graves y moderados. Y con toda seguridad una cantidad mayor de personas con trastornos leves «funcionales» que, ante alguna situación de adversidad, pasan anualmente a engrosar el cálculo. Y así. A estos y otros datos pre pandémicos, agreguemos las experiencias traumáticas de un año de incertidumbre ante un suceso inédito para la gran mayoría de la población y luego un año más de «aclimatación a la nueva normalidad» que aporta su dosis de neurosis. Ante este panorama pre y peri pandémico, ¿podríamos ya desarrollar algunas predicciones sobre la, aún lejana, pospandemia?

Y para darle contexto a la pregunta, volvamos al informe de la OMS:

Alrededor de la mitad de todos los trastornos mentales comienzan a la edad de 14 años. El suicidio es la segunda causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 29 años.

3. La salud mental es una de las áreas de salud más desatendidas. Se calcula que el gasto medio en salud mental por habitante en los Estados Miembros fue de US$ 2,50 en 2017. Según encuestas realizadas en siete países de ingresos bajos y medianos, más del 75% de las personas con enfermedades mentales no reciben atención en salud mental a pesar de estar demostrado que pueden realizarse intervenciones eficaces en cualquier contexto. Las personas con enfermedades mentales graves mueren 10-20 años antes que la población general, a menudo debido a enfermedades físicas concurrentes no diagnosticadas.

¿Y todo esto a propósito de qué? Pues a esas dos semanas perdidas. Fue una experiencia extraña, no tan aterradora como estar en una UCI en uno de los hospitales nacionales o en casa sin recursos para atenderse y hacinados en una o dos habitaciones y con riesgo de perder los ingresos diarios para sobrevivir. Pero fue extraña y por demás interesante, cuando uno tiene el privilegio de contar con algunos recursos de protección emocional y una razonable red de apoyo social, por no hablar de los mínimos económicos para aliviar los síntomas.

Pensar que cerca de un ochenta por ciento de la población de este territorio-que-no-es-país no tiene los recursos económicos, materiales y psicológicos para pasar por la experiencia pandémica da un poco de miedo. Y cuando nos damos cuenta de que de ese ochenta por ciento el sesenta son menores de 19 años, el panorama a futuro no parece halagüeño. Y ni hablar de la fiesta cívica que se avecina con los mayores de 19.

Como vemos, la o solo es pequeña en relación a…, tal y como dicen aquellos: que ha subido el PIB nacional en este año en comparación con…

Cuando pienso en mis hijos y en mis alumnos, sin los privilegios, las ventajas y la protección que tenían, si estuvieran dentro del 80 por ciento, si necesitaran ayuda y apoyo y no lo tuvieran, la perspectiva cambia: todo razonamiento y justificación política, los discursos ideológicos, se quedarían cortos, no tendrían la menor importancia.

La o tiene mucho de ominoso.

Ahora, las preguntas generadoras:

¿Cómo nos estamos preparando para lo que toca?
¿Qué podemos hacer con nuestros niños y jóvenes para «dejarles el mundo un poco mejor de cómo lo encontramos»?
¿Qué efectos tendrá la pandemia y el virus en los niños y jóvenes?
¿Qué sintieron y vivieron los niños que están regresando a clases presenciales? Ya estamos sabiendo de algunos que compartiremos en la segunda parte de este texto.
¿En serio saldremos mejores de esto?

Y, sin embargo, para quienes andamos por acá, tal vez la cosa no sea para tanto. No somos tanto…

(La banda sonora la pueden ver/oir en Youtube)

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